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La tentación jamás te derrota
Al caer el crepúsculo dejó caer una mano sobre mi hombro y la otra sobre mi cadera. Traté de fingir desconcentración y miré a mi alrededor; la gente se iba, todos al mismo tiempo, parecían escapar y yo me sentía parte de un momento planeado; aún así, me dejé estar.

Volví mi cara e identifiqué la suya, la examiné y consideré que todo en ella era perfecto. Lentamente rozó su nariz con la mía acariciandola tiernamente. Sentí su tibia respiración en mis labios, los abrí como concediendole un derecho y comenzamos a besarnos. Todo cambió; el mundo cambió de color y de sitio. No me sentía ahí. Mi lengua se acalambró y me precipité a morder mi labio. Él se detuvo. Me observó con una suave sonrisa, de esas que me contaban de su amor.

Intentó decirme algo en algún momento, pero lo impedí poniendo mi dedo sobre sus labios, lo bajé suavemente y lo besé otra vez; no había espacio para las palabras. Nos abrazamos; no hubieron lágrimas. Puso su mano sobre mi pómulo e inmediatamente sentí como si algo diera vueltas dentro de mí, o como fingir el no saber de que en realidad sí había algo.

"No tienes que huir" me susurró al oído. Negué con la cabeza y bajé la mirada hacia mis pies. Lo besé con tristeza y brío por última vez al mismo tiempo en que entrelazaba mis dedos con los suyos y apretaba su mano fuertemente. 

¿Sería el adiós? Dí media vuelta, despacio solté su mano, me acaricié a mi misma desde mi abdomen hasta mi vientre con angustia unos cuantos segundos y, con la cabeza en alto, seguí mi camino sin mirar atrás. Me observó en su traje de terno mientras yo me alejaba para no volver. Sé que él tampoco lo haría, simplemente no estaría ahí. Se alzó y desapareció.  
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