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Manos atadas
La soga de mi espalda cada vez me aprieta más las muñecas. Trato de buscar el camino correcto, cada vez falta menos, ¿qué hacer? No puedo escapar de mi destino, no puedo elegir el camino fácil, no puedo seguir pensando. 

La ayuda venció el orgullo, el orgullo consumió el sistema. Sigo de manos atadas, terminando con mi vida y con mis metas. Quiero escapar, quiero volar como en mis sueños, ir a aun lugar donde nadie me encuentre, donde todo lo olvide y donde sea olvidada. Pero la vida es más cruda, más real y más sincera. 

En este momento quiero gritar, pero mi voz y mis manos aún atadas y yo, yo aquí sin poder hacer nada. Me puedo ocultar en mis sábanas, hasta que se acabe el aire, hasta dejar de respirar.
El adiós nº1
Aquel día me contaron que debía despedirme de tí. Debía improvisar, ¿cierto? Fué como verte ahi llendote lentamente. ¿Un adiós o una decepción?

Pensé "¿acaso puedes despedirte de una persona a la cual vagamente has saludado?", pues nos hemos saludado como dos extraños, dos desconocidos que se abrazan como si se conocieran pero no es así, ¿lo sabes?. Lo sabes. Luego seguí maquinando mi despedida, los ojos del alma se me llenaron de lágrimas, entonces fluyeron las frases, las palabras, las puteadas, las lloriqueadas y más que nada, la imaginación de algo que vivía continuamente en mis sueños y mi mente. Mi mente y mis sueños; mi mundo loco y ficticio. Y comenzó:

Sentado en una silla, mudo, como atado a aquel objeto por ti mismo, por tus mismas impulsividades; sabías el por qué de mi llamada. Te lo has imaginado, debe ser acaso esa conexión Piscis-Virgo que tenemos desde el día en el que llegué al mundo. ¿Por qué ocultarnos tanto? ¿Por qué el amor no vence las barreras de nuestro orgullo?, ¿o el miedo? 

Apoyando mis manos levemente en tu silla te conté como si nada el viaje eterno y clandestino que iba a emprender, y tu ahí, sentado. Me puse en frente de tí y te dije que jamás volveríamos a hablar, de ninguna manera, que te olvidaras de que alguna vez nació aquel pedazo de tí, que me dieras por muerta, y tu ahí, sentado y cabizbajo. Me inqué y tomé tu fría mano fingiendo que no sabía que me escuchabas. Al levantar la cabeza, con los ojos del alma llorando tal como yo cuando comenzé a imaginar la historia, me preguntaste en qué te habías equivocado. Respondí que en todo. Tomaste tus cosas y sin abrazo, beso o palabra alguna te fuiste, pero antes de cerrar la puerta te volteaste con una mirada de adiós.

Pretendías no entender, pero ambos sabíamos que en tí estaban todas la respuestas, y las preguntas, y los caminos; ayer, hoy y siempre. El silencio otorga. Tu silencio otorga.

Y entonces confesé a mis compañeros "lo siento, no puedo". No comprendieron. Tampoco yo.   
Big Hand
Antes de comenzar predije la gota que recorrería mi mejilla. Y comencé. Fue inevitable.

Me fui a mi casa con mis manos ensangrentadas en sentimientos e ilusiones confusas, las miraba y no sabía cómo, ni con qué las escondería. De a poco dejé de darle importancia. En mi desesperación empecé a caminar sin saber que hacer, ni a donde mirar, ni siquiera sabía que pie poner antes que el otro. Sentía las miradas en mí, las nubes del cielo me rodeaban y me tapaban la visión de mi camino; era como si algo enorme, mundial e importante estuviera en mis manos. Pero mis manos estaban ensangrentadas, ¿cómo entonces dejarían en mí algo tan frágil? Tuve que asumir el cargo de las cosas.

Me acordé de mi amigo ocasional, aquel que me consuela cada vez que algo ocurre, pues solo en esas ocasiones lo recuerdo. ¿Quién será? No eres tú :)
Has gritado tan fuerte hasta ahogarte en tu oasis, tu triste, tierna y tonta soledad, donde te encierras en lo que te oscurece hasta perder la razón, y razones tengo muchas para pensar que el tiempo que tome en comprenderte fue perdido, pues aunque suene extraño tu tampoco te entiendes. No sabes quien eres ni quien serás, y el tiempo es tan corto, tan efímero, ¿te has dado cuenta?; no sabes que quieres ni a quien quieres, y crees tener la razón en la lástima de tus lágrimas, cuando tu alma se destroza y tu ego oscila sin control.
Al cabo de unos pocos minutos abrí mis manos y en ellas ví devuelto aquel objeto que obsequié sin pensar, ciegamente, como siempre ha de ser. Mis torpes manos lo afirmaban con agonía y mis ojos lo bañaban en lágrimas de desesperación. Creo que ésta era en verdad la primera vez que sentía que perdía algo que me pertenecía, algo que estaba dentro de mi, a pesar de no haber causado aquel hecho. Era como un pez fuera del agua, poco a poco agonizaba y yo no sabía que hacer ante esto. Me desmayé. Desperté con mis manos ensangrentadas, cuya sangre contaba con un aroma a dulce inocencia.

No se si el dolor provenía del pasado o del presente en el cual, yo personalmente reprimía todo hacia mi persona. Me creí ciega y me cegué aún más. Traté de abrir mis ojos, observé mis labios rojos que incautos en su esencia reprimían mi río audaz de pensamientos, callaban en mi todo lo que se volvería paz interior.

De pronto todos eran iguales. No habían diferencias de personas, todos eran idénticos ante mis ojos, ¿mis ojos acaso podían ver? La palabra excepción me parecía más ireal que la perfección, mas en mi constante lucha por ser perfecta volvía todos mis esfuerzos en vano. 

¿La culpa? La culpa no existe, lo errores ocurren, y algunos son seres humanos.
Me
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