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Manos vacías
No dejo de pensar en Damián desde aquel día. En él, que ha estado en mi desde antes de nacer, inerte, pero ahora es todo y único, y eso me encanta. Damián, lo digo y lo pienso, lo pienso y me río, y eso está mal, no corresponde. 

La semana pasada me llamó, algo totalmente inesperado en él, y me dijo que quería verme y que lo visitara pronto. Ni siquiera tuve que pensarlo. Los nervios me gobernaron, por lo que llamé a una amiga para que nos acompañase ese día. Ridículo, ¿no? Él no esperaba verla a ella, y al parecer la idea no le agrado bastante, pero en su natural gentileza no fue mas que educado con ella.

Se acostó junto a su hermano en el pasto de algo que suponía ser una plaza, y ambos parecían totalmente relajados, como a minutos de haber fumado hierba; entre tanto, mi amiga y yo hablábamos con su madre. El contexto no era el correcto. Huí con la excusa de volver al día siguiente, y así fue.

El camino a su encuentro no era más largo que mis maquilladas, peinadas y constantes cambiadas de ropa antes de salir. Pensando en aquello, llegué. Me abrió la puerta con su bella y natural sonrisa. Hablamos extensamente ese día; me contó las cosas que hacía a diario, lo que estudiaba, de sus amigos, y otras cosas a las que no debí haberles puesto atención en mi embobamiento con él. Yo por mi parte no hablé demasiado, preferí escucharlo a él, me encantaba tanto hacerlo que en ocasiones lo imagino en mi cabeza. Me dí cuenta de la nostalgia en su voz y rostro, por lo que quise subirle el ánimo para reencontrar su sonrisa.

Comencé a hacer dibujitos infantiles y tontos para él. Al verlos sonrió tiernamente. Nos sentamos frente a frente, yo lo miraba y el escribía para mí las cosas más bellas y tiernas que finalmente me hicieron sonrojar. No quise mirarlo, pues me avergonzaba el hecho de que inspirara su romanticismo en mí, tanto como me aterraba el disfrutar un momento que jamás debió haber pasado. Sin embargo, no detuve mi felicidad.

Subimos las escaleras de su casa y llegamos a su habitación, donde nos sentamos en su cama a mirarnos de una manera indescriptible con palabras. Un flashback atravesó mi mente con el recuerdo de que había vivido eso con otra persona y lo había olvidado, no era nada para mi aquello en ese instante. Nos acercamos, pero no ocurrió nada más allá de respirar el mismo aire.

Al oscurecer me fue a dejar a mi casa. Me dijo que no me dejaría entrar sin antes obtener lo que había esperado todo el día, y acercó sus labios a los míos cerrando sus ojos y sonrojandome de nuevo. Quise seguirle el juego, pero me detuve. Tenía mis valores. Le dije que no era el momento, que deseaba estar con él tanto como él conmigo pero habían temas que no tenía resueltos; bueno, le dí mis razones entré lágrimas y culpa, y pareció no entender, pues sin decir nada, luego de escucharme simplemente se fue con aire de humillación.

Al estar acostada en mi cama medité los hechos, y aún lo hago, pero la duda es el "porqué". Bueno, después de todo, sólo fue un sueño.


"Apareces cuando menos lo espero y te alejas cuando menos lo quiero". 
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